La cultura de masas ha acabado con el hábito de «escuchar» la música, convertida en una segunda piel que, banal, lo recubre casi todo: el aterrizaje de los mensajes, los anuncios televisivos o los geranios en el invernadero. Como quien oye llover. Nos perdemos en el laberinto musical a poco complejo que sea. La música «clásica» del siglo pasado todavía ahuyenta al público que deja en los auditorios gotas de champán y restos de maquillaje sobre las alfombras doradas. Algo semejante sucede con el Bach más abstracto de La ofrenda musical o El arte de la fuga, y con aquella parte de las «pasiones» alejada del gusto medio: los coros y recitativos que dan unidad a la Pasión según San Juan y permiten que la piedad se eleve como arte liberador frente a la miseria cotidiana.
Estamos ante un maestro de las emociones que encarna el paradigma de lo clásico, si el clasicismo tiene que ver con la profundidad y la permanencia del mensaje utilizando elementos simples, reconocibles en todas las épocas. Bach provoca la compasión mediante recursos mínimos, antes por el pulso musical justo que por el énfasis. Richtigedecía Hindemith de esta música virtuosa que combina justeza y justicia caídas del cielo.
El gran Fernando Díaz Villanueva se da un paseo por ARCO y lo encuentra a mitad de camino entre el feismo y la caradura.
Su obra cubre todo el stand de El Mundo. La cosa se titula “Homenaje a Robert Smithson II” y consiste en nueve piezas de alabastro como recién sacadas de una mina colocadas sobre el suelo y luego, después de trazar una ligera curva, colgadas de la pared. A la gente normal, a la plebe que no entiende de esto, le parece eso mismo, nueve pedruscos que deben pesar un quintal tirados en el suelo. Para Bañuelos, sin embargo, es una reflexión “sobre la fuerza estética y la potencialidad expresiva que se derivan de establecer un diálogo entre la práctica del arte escultórico (en especial, a través de la talla directa) con los dictados materiales y formales propios de la piedra”. Ahí es nada.
El autor, delante de la así llamada “instalación” espera con una sonrisa de oreja a oreja a que Pilar del Castillo o Carmen Thyssen, que se hacen unas fotos a pocos metros, se acerquen para maravillarse de tanta genialidad en tan poco espacio. El cronista, sorprendido, comenta en su presencia y en voz alta que las piedras tienen poco de arte y mucho de estafa. A Bañuelos, escultor, se le enciende la mirada y pregunta ofendido “¿ha dicho usted estafa?”, “exacto, he dicho estafa”, replico sintiéndolo mucho por Robert Smithson II y por el primero también, que probablemente no se merezca algo así. Puede siempre llamar a la Guardia Civil y pedir que me desalojen de aquel templo de la pose modernoide que he profanado con mi insolente sentido común.
Con cierto retraso. Mi artículo de este pasado fin de semana en Libertad Digital:
Pocas cosas añora tanto la izquierda como esa época dorada en la que supuestas limitaciones técnicas, una aplastante soberbia normativa y su habitual desparpajo intelectual le otorgaban un control casi absoluto de los medios de comunicación. Combinado con la hegemonía universitaria y con el apoyo del complejo artístico-intelectual no resulta extraño que el PSOE gobernara, lo raro es que dejara en algún momento de gobernar.