
Gran despliegue, magra substancia
Desde que leí la crítica que Santiago Navajas le dedicó en Libertad Digital a Downton Abbey despertó el anglófilo que hay en mi y exigió en primer lugar un té con scones y sandwiches de pepino y a continuación la inmediata descarga de la serie (y que Sinde y Bardem me perdonen, juro solemnemente que jamás me he bajado serie, película o canción española alguna). Hace un par de fines de semana me embaulé la serie de principio a fin. Como un niño un zumo de acelgas de la juicer disfrazado de Sunny Delight.
Y no me digan Ustedes que la serie no es como para salivar más que Zapatero delante de una nueva prohibición. Rodada sin reparar en gastos…por la ITV… en una hermosa casa solariega… con la atención al detalle que caracteriza a las series históricas británicas. Un guión escrito por todo un Lord. Del Partido Conservador, además. Un Lord que ha sido actor y director, que es novelista y que ya ganó un Oscar por Gosford Park, la magnífica película de Robert Altman sobre otra aristocrática familia británica. Algunos de los mejores actores de Inglaterra, que es decir del mundo: la incomparable Maggie Smith, la “pobre Charlotte” de “Una Habitación con vistas”, la bellísima americana Elizabeth McGovern o el siempre sólido Hugh Bonneville. Añádase a ello que la serie tiene lugar en uno de los momentos históricos más apasionantes del siglo pasado. Comienza con la noticia del hundimiento del Titanic y concluye con el inicio de la Primera Guerra Mundial. El preciso momento histórico en el que Ernst Jünger situó el paso de la seguridad del siglo XIX al miedo que impregno todo el siglo XX y permea todavía nuestra sociedad.
Así que pueden Ustedes imaginarse la decepción.
La serie es todo lo anterior, pero también es diálogos previsibles y personajes de cartón piedra, estereotipos apenas. Tiene malos de opereta, rubalcabescos retorcidos por fuera pero simplicissimus por dentro. Tiene varios anacronismos facilmente evitables como cuando una de las hijas de la familia se pregunta si acaso están asistiendo a una “obra de suspense”, un uso de la palabra que no existió hasta que Hitchcock lo hizo popular tras la Segunda Guerra Mundial. Tiene algunos actores centrales mal escogidos, como Brendan Coyle, Bates el Valet de Chambre, una esfinge sin secreto o con un secreto muy pobre o Dan Stevens el soso abogado de Manchester que sólo mediante el recurso a filtros amorosos puede entenderse que enamore a la muy refinada y demi-monde hija de los Barones. No hay interés alguno en desarrollar la psicología de los personajes, que a menudo son absolutamente modernos (en el peor sentido) en su manera de pensar.
Todo ello es menor y sería disculpable si no fuera por la presencia de un argumento dificilmente sostenible centrado en el más antiguo recurso de la novela gótica: el legado de perverso cumplimiento que el Barón no quiere contestar y la Baronesa no encuentra abogado que conteste. En el último episodio se recurre a mecanismos de culebrón venezolano para asegurar la continuación de la serie. Todo muy decepcionante.
No quiero ser cruel, la serie se deja ver. Tiene momentos magníficos, ladybracknellescos como aquel en el que la Baronesa, el personaje interpretado por Maggie Smith pregunta que qué es un fin de semana o cuando presume que un caballero inglés jamás osaría morir en casa de otro. Tiene, como dije antes actores, decorado y empaque. Es, con todo, una oportunidad perdida de haber hecho algo verdaderamente memorable. Tenía todos los elementos para ello. Well. Mustn’t grumble, I suppose. Siempre podemos ver una gran serie pero ni será hoy ni será en Antena 3. Sugiero el Cranford de la BBC, por ejemplo.