Este fin de semana me he estrenado en la Revista del Fin de Semana de Libertad Digital escribiendo sobre la nueva exposición de El Prado: “Roma, naturaleza e ideal (Paisajes 1600-1650)”
Hay épocas históricas pobladas de hombres con un exceso de energía creativa que se tornan inagotables hasta lo inverosímil. La Roma del siglo XVII es uno de esos momentos extraños y felices, y a una pequeña parte de los hombres admirables que entonces y allí vivieron y trabajaron se dedica la exposición que esta semana ha comenzado en el Prado: Roma, Naturaleza e Ideal. Paisajes 1600-1650.
Para visitar una exposición de pintura uno necesita varias cosas, entre ellas algunos arraigados prejuicios que desmantelar o confirmar. Yo, por ejemplo, tengo un prejuicio contra la paisajística. Otra cosa que se necesita son buenas piernas y algo de tiempo. Ortega añadía una silla. Yo añado frecuentes pausas para tomar café en la amable aunque impersonal cafetería del Prado y mi favorita belleza prerrafaelita.
En el año del Señor de 1600 y en Roma se encontraban activos (¡y cómo!) Caravaggio, Rubens y Carracci. Es un momento en el que se turnan en el Papado los Ludovisi y los Borghese. Se define la Contrarreforma y los nobles y príncipes de la Iglesia compiten en buen gusto y afán coleccionista.
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